lunes 20 de septiembre de 2010

15/Sept/2010

Después de ese encuentro, los siguientes días que para mi fueron en verdad aciagos, oscuros como el silencio, derrepente limpios y llenos de ti pero que debieron involuntariamente mediar entre cada suspiro y aliento. Algunos minutos despreciada constantemente, hasta que, cansada y llena de furia, busqué nuevamente quitar la postiza cáscara de tu partida y agravios en este corazón. Aunque tu complicidad se había encargado de nombrar cada uno de mis pasos hasta ti (no importaba a donde me dirigiera, sólo llegué), que siguen dibujándose aún el día de hoy (en sueños y en vigilia) entre tormentos de esas lágrimas que al igual que tus caricias no desaparecen, no se van.